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Historia Mundial
Nuestra Señora de Belén y el Espíritu Cruzado Portugués
Ivan Rafael de Oliveira
En las afueras de Jerusalén se encuentra la pequeña ciudad de Belén. Desde la oscuridad en la que parecía destinada a permanecer para siempre, Belén emergió para la gloria de los pueblos y de la Historia, pues fue el escenario del acontecimiento más grande que jamás haya ocurrido y que jamás ocurrirá. Fue allí, en una pequeña gruta, donde Nuestra Señora dio a luz al Divino Infante, el Rey de Reyes. ¡Cuántos villancicos evocan hoy los sublimes acontecimientos de la cueva de Belén! ¡Cuántas ciudades alrededor del mundo se han inspirado en este nombre y lo ostentan con orgullo!
Monasterio de Santa María de Belém (Monasterio de los Jerónimos)
El escenario de tan grandes acontecimientos, la Cueva de Belén, siempre ha sido venerado por los fieles. En el año 330, cuando terminó la persecución romana contra los cristianos, ya existía una Basílica dedicada a Nuestra Señora sobre la gruta. Y millones de devotos a lo largo de los siglos peregrinaron allí y difundieron la devoción a Nuestra Señora de Belén por todo el mundo.
El primer devoto de Nuestra Señora de Belén fue ciertamente San Miqueas, el profeta del Antiguo Testamento, quien, ocho siglos antes del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, lo anunció así: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña entre los millares de Judá, de ti saldrá para Mí el que ha de ser gobernante en Israel. Y sus orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad... Por tanto, Él los abandonará hasta el tiempo en que la que ha de dar a luz dé a luz» (Miqueas 5:1-3).
El Príncipe Enrique el Navegante: Su espíritu cruzado abrió el Nuevo Mundo a la Fe
Un ferviente devoto de Nuestra Señora de Belén fue el Príncipe Enrique el Navegante, el gran impulsor de las navegaciones portuguesas, mediante las cuales consagró su vida a una nueva Cruzada en defensa y propagación de la Fe. Por esta razón, tomó una pequeña capilla situada en las playas de Restelo —el lugar desde donde partían los barcos para los descubrimientos— y la transformó en una iglesia más grande, bajo la advocación de Nuestra Señora de Belén.
Él decía: «Así como la estrella de Belén guió a los Reyes Magos hasta el Pesebre donde yacía el Niño Dios, así también Nuestra Señora de Belén nos ayudará a encontrar nuevas tierras y el camino hacia la India». El nuevo edificio sagrado fue puesto bajo el cuidado de los monjes militares de la Orden de Cristo, quienes comenzaron a prestar asistencia espiritual a los viajeros y marineros que desembarcaban allí.
Antes de afrontar los peligros de los mares desconocidos, la noche anterior a la partida recibían de manos del Rey el estandarte de la Cruz de Cristo. Los capitanes y marineros portugueses participaban entonces en una piadosa ceremonia ante la imagen de Nuestra Señora de Belén, a quien consagraban devotamente sus viajes.
Vasco da Gama y, después de él, Pedro Álvares Cabral, no fueron una excepción. Mientras los barcos eran suavemente golpeados por las olas y se balanceaban bajo la luz de las estrellas, los grandes navegantes y sus compañeros pasaban la noche en vela ante el altar de la Virgen. Cuando los rayos del sol de la mañana iluminaban el cielo y las estrellas se desvanecían, podían escucharse las sonoras notas de la Misa solemne.
Después de la Misa comenzaban las oraciones de súplica, seguidas por una lenta procesión de los marineros hacia las embarcaciones que los esperaban. A la cabeza de esta procesión, cantando las letanías, iban los sacerdotes; detrás de ellos la multitud entonaba los responsorios. Finalmente, los ecos solemnes se apagaban. Todos caían de rodillas para hacer la confesión general, tras la cual el sacerdote impartía la absolución.
Nuestra Señora de Belén en el patio de la Torre de Belém: lo último que los marineros veían al partir
El silencio era interrumpido únicamente por los sollozos de quienes veían partir a sus esposos o hijos. Desde Lisboa hasta Belém, una gran multitud se agolpaba dentro y fuera de la iglesia, extendiéndoe a lo largo de la playa, contemplando con ojos llenos de lágrimas el río resplandeciente de barcos con las velas desplegadas, listos para levar anclas.
Como la expedición de Vasco da Gama era muy peligrosa y tenía objetivos tanto militares como religiosos, no se permitía la presencia de mujeres a bordo. Sin embargo, una hermosa estatua dorada de la Santísima Virgen fue colocada en la proa de la nave capitana. Era un acto simbólico que significaba que Nuestra Señora los guiaría en la evangelización de la India. Para Vasco da Gama resultó evidente que la Virgen lo había protegido durante todo el viaje.
Dom Manuel I, conocido como el Afortunado, estaba inmensamente agradecido a Nuestra Señora de Belén por la llegada exitosa del barco a la India. Por ello, en 1497 amplió la iglesia, transformándola en un magnífico monasterio puesto bajo el cuidado de los monjes de la Orden de San Jerónimo. Con los años, el edificio —que representa la cúspide de la arquitectura manuelina— fue enormemente ampliado. Hoy el magnífico conjunto recibe el nombre de Monasterio de Santa María de Belém, más conocido como Monasterio de los Jerónimos, una de las «siete maravillas de Portugal».
La devoción a Nuestra Señora de Belén se difundió así entre numerosos pueblos, incluidos Brasil y las tierras conquistadas de la Nueva España, que le deben su adhesión a la Santa Iglesia Católica.
Original aquí
Nuestra Señora sobre el portal del Monasterio de los Jerónimos
Publicado el 8 de junio de 2026
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